Despertar es caer en otro sueño,
es un poema que no se escribe todavía,
que se lee con faltas de ortografía
y se pronuncia en color negro.
Dormir, en cambio, es pensar que sueñas
los ojos de una mujer que no has visto
y que mañana se habrá ido
cuando despiertes para verla.
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viernes, 11 de agosto de 2017
domingo, 19 de julio de 2015
El cielo de las aves
- ¿A dónde van los pájaros muertos, papá?
- Al cielo de las aves.
- Y allá, ¿vuelan?
- Claro que sí, bonita.
- ¿Bajo qué cielo?
- Al cielo de las aves.
- Y allá, ¿vuelan?
- Claro que sí, bonita.
- ¿Bajo qué cielo?
domingo, 10 de mayo de 2015
La distracción de Dios
Crónica de un milagro improvisado
A mi
mamá
que
me dio una cicatriz
y un
cuerpo de mi talla.
Dios no está en contra de la ciencia. Tan es así que
permitió que la medicina tuviera grandes avances; y los médicos, a su vez,
accedieron a que Dios hiciera algunos de sus milagros a través del bisturí.
Es febrero del año dos mil nueve. Me
encuentro estudiando en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Voy en cuarto
semestre de la licenciatura en Comunicación e Información, juego en el equipo
de futbol de mi carrera y nuestro anhelo más grande es ganarles a los engreídos
de Comunicación Organizacional, quienes creen que ser mejores en el deporte los
redime de haber quedado en una carrera de segunda opción.
No tengo novia pero estoy enamorado de
una mujer que, sin saberlo, encabeza la lista de los amores de mi vida desde hace
más de un año. Hago enojar a mis hermanas de vez en cuando. Disfruto de la
Coca-Cola fría en envase de vidrio. Asisto los domingos a la iglesia. Todo va
bien.
Si alguien tuviera una vida sin mayores
complicaciones como la mía entendería mi berrinche cuando el médico familiar
después de notar que mi presión estaba ligeramente alta, en lugar de recetarme
pastillas, me mandó a hacer unos estudios de sangre ¿No era posible que en
aquel momento estuviera pensando en la mujer de la lista y eso acaso explicara
el redoble de tambores de mi corazón? Además le tengo miedo a las agujas.
Estaba enojado, pero de todas maneras
me inyectaron y no me dieron ni paleta ni curita. Cuando regresamos, al doctor
le bastó hojear los resultados para decir que mis riñones no estaban bien y nos
recomendó buscar a un especialista. Pero si yo me siento de maravilla, pensé. Hasta
soy capaz de escribir mi nombre en letra manuscrita orinando.
La incredulidad se hizo colectiva, así
que mis papás en lugar de llevarme con un nefrólogo, me llevaron con un
cardiólogo. No porque pensaran que si se me regulaba la presión se arreglaban
también los riñones, sino porque era un amigo de antaño. Al ver el examen
sanguíneo explicó que efectivamente era algo relacionado con los riñones, y
mandó a hacer otra prueba más detallada. Al día siguiente escuchamos el primer diagnóstico:
Insuficiencia Renal. Se nos aconsejó que fuéramos con un nefrólogo y en esta
ocasión, pese a nuestra convicción cada vez más grande de que los doctores
estaban equivocados, decidimos obedecer.
Otro pinchazo en el brazo y un
ultrasonido. El especialista concluyó
que se trataba de Insuficiencia Renal Crónica; las causas podían ser muchas y
para saberlas había que hacerme una biopsia. Indicó que necesitaba ser
trasplantado, pero lo que yo necesitaba era una cuarta opinión, que alguien me
dijera que no era para tanto el asunto, y que podría curarme en una semana
tomando chochitos y haciendo oraciones más fervientes.
Así que el día después de mi cumpleaños
nos dirigimos con el Doctor Alfredo Chew Wong que, a juzgar por la fonética con
que mis padres pronunciaban sus apellidos, podría ser el mejor nefrólogo de
todos: el Doctor Chin-Gón. Recuerdo que antes de entrar al consultorio mis
papás me dijeron que no importaba lo que pasara, ellos siempre me apoyarían y
que lo íbamos a resolver como familia. Hubo un abrazo y un llanto preparatorio
antes de entrar.
Insuficiencia Renal Crónica Terminal,
dijo. Parecía que cada médico tenía la obligación de asustarnos añadiendo una
palabra más a mi enfermedad. Según su explicación mis riñones estaban al diez por
ciento de su funcionamiento, pequeños y cicatrizados. La solución seguía siendo
el trasplante. Y todavía se atrevió a cobrarnos cuatrocientos pesos por darnos
la mala noticia.
Los días que siguieron fueron confusos,
me sentía débil y pusilánime. Cualquier síntoma de alegría había desaparecido
por completo, como si no tuviera permiso de sonreír hasta que me dieran de
alta. Mis papás, para mostrar su solidaridad, decidieron envejecer más rápido.
A mi papá se le caía el cabello. Y mi mamá tuvo que aprender a maquillarse la
tristeza. Todo era pesadumbre.
Dios desdibujaba sus huellas y así era
imposible encontrarlo; ya no deseaba pedirle que me curara, quería exigirle una
disculpa, una explicación al menos; porque por andar haciendo universos se le olvidó
que yo no tomo ni fumo, que voy a la iglesia todos los domingos, que puedo
aceptar algunas enfermedades sin quejarme: gripa, fiebre, incluso hemorroides, pero no esto.
Amén. Silencio absoluto. Dios permanecía mudo a mis súplicas, escondido detrás
de alguna estrella, seguramente apenado por su distracción.
Mi papá fue muy terco. Le explicaron
varias veces que el donador debía de tener un cuerpo saludable, y mi viejo
sufría de un problema de cadera desde hacía algunos años. Por mucho que
insistiera las condiciones físicas de su cuerpo no eran las óptimas, así que lo
obligaron a aceptar que fuera mi mamá a la que le sacaran el riñón.
En marzo comenzaron los exámenes de
compatibilidad renal, que fueron demasiados. Así que mientras nos pinchaban los
brazos, mis amigos de la universidad preparaban un evento para recaudar fondos.
Según me cuentan fue todo un éxito. Una de las guapas del salón vendía besos, había
concursos y todos consumían mucho alcohol a mi salud.
En poco tiempo la noticia había llegado
a todos mis familiares quienes, al enterarse, me llamaron para ofrecer su ayuda
y, en ocasiones, su riñón. La preocupación y el cariño de todos ellos me
hicieron entender que Dios no se había hecho invisible, sino que se había
multiplicado.
El ocho de
abril entramos en el hospital. Esa tarde mi mamá, ya lista con la bata y sentada
en una silla de ruedas, fue la primera en salir de la habitación donde nos
encontrábamos. Nunca la vi tan hermosa y tan frágil. Pensé que si ella moría yo
sería el responsable. Poco después llegaron con otra silla de ruedas por mí; me
despedí de mi papá y de su sentimiento de impotencia. Lo dejamos huérfano.
En el
camino al quirófano tuve la certeza de que iba a morirme. Cuando me acostaron
en una cama metálica empecé a llorar, procurando no perder la compostura,
administrando las lágrimas, como un niño que se tropieza y se raspa la rodilla
frente a la niña que le gusta. Me pusieron una inyección y dijeron que contara
hasta diez. Uno, dos, tres, cuatro… cinco… seis…; me dormí llorando, sin paleta
ni curita.
Abro los
ojos. Estoy lleno de cables y de dudas. Entonces empiezo a balbucear, a
preguntar por mi mamá. Alguien me dice que se encuentra bien y que está en otra
habitación. Agradezco en silencio a Dios por haber evitado el homicidio que temía
cometer y, antes de quedarme dormido, le digo a la persona sin rostro que tengo
sed.
Estuve tres
días en cama sin levantarme. Me bañaban acostado y orinaba a través de una
sonda que ni siquiera sabía que tenía. Descubrí la herida en mi abdomen, una
herida larga, reciente, horriblemente cosida, por donde habían injertado el
riñón izquierdo de mi mamá.
En una semana estábamos de regreso en
nuestra casa. Fue como nacer otra vez, porque me enseñaron a caminar con mis
pies hinchados de suero, a hacer del baño sin la sonda, a bañarme sin mojar la
cicatriz.
Admito que al principio de mi
recuperación me daba un poco de vergüenza salir a la calle con un cubreboca. Me
hacía sentir más cercano a la muerte que los demás; pero ese mes todo el país
fue muy considerado conmigo porque empezó a usar cubrebocas por empatía y por
la influenza.
Regresé a la
universidad y no reprobé el semestre. En el dos mil once me titulé, pero ya no
pude jugar futbol. No tengo novia y la lista de las mujeres de mi vida está
llena de borrones. Cada tercer día hago enojar sólo a mi hermana menor, porque
la otra se fue a estudiar a España. Mi mamá sigue siendo inmortal. Asisto los
domingos a la iglesia. Puedo decir que todo va bien.
Todavía hay
señoras que, al enterarse de la historia, me dicen: Tu mamá te dio la vida dos
veces, como si hicieran un descubrimiento por mí. Sin embargo para no ser
grosero hago mi cara de estar reflexionado profundamente en sus palabras. Luego
con un tono regañón me recuerdan, aunque no haga falta, lo agradecido que debo
estar todos los días.
Yo la amo casi de memoria, me he
sentido unido a ella por un cordón umbilical invisible desde mi nacimiento, y,
ahora que llevo su riñón, no existe un sólo momento en que no estemos juntos. Es
la mujer de mi vida.
@kenia1988
Etiquetas:
Día de la madre,
insuficiencia renal crónica,
kenia1988,
trasplante renal
martes, 5 de mayo de 2015
Autorretrato
Soy el silencio que poseo
la palabra que escondo
la mentira narizona
un poema incomplet
la palabra que escondo
la mentira narizona
un poema incomplet
viernes, 1 de mayo de 2015
jueves, 26 de febrero de 2015
Pilar
Mi madre se llama Patricia
pero debió llamarse Pilar;
sin ella, desde hace mucho
mi vida se hubiera derrumbado.
pero debió llamarse Pilar;
sin ella, desde hace mucho
mi vida se hubiera derrumbado.
sábado, 11 de octubre de 2014
#Expresionesdeamor
Amores calladitos
son los más dulces,
y los finos amantes
nunca presumen.
Porque no quieren
dar a la gente parte
de lo que tienen
y los finos amantes
nunca presumen.
Porque no quieren
dar a la gente parte
de lo que tienen
Manuel Machado
I
Ahora mismo no recuerdo cómo,
pero conseguí su correo electrónico. Era 2008, yo estudiaba el segundo semestre
en la universidad y admiraba a esa mujer: inteligente, bonita,
enigmática. Así que el miedo de no volver a verla me dio el valor para escribirle.
Ella me contestó tres semanas después, haciéndome la ya innecesaria aclaración
de que no se conectaba muy seguido al Internet.
Los
correos siguieron durante meses, y eran cada vez más frecuentes, extensos e
íntimos. Ya habíamos dado ese gran paso de agregarnos al Messenger, pero el
correo electrónico le daba esa solemnidad y reflexión a las palabras, que
sacrificamos los mensajes instantáneos… aunque no por mucho tiempo.
Nos vimos
muy pocas ocasiones, supongo que nuestros horarios nunca coincidían. Sin
embargo, ya chateábamos y a veces nos mandábamos mensajes por celular invitando
al otro a ver lo chula que se había puesto la luna esa noche. El problema con
mi celular era que sólo le cabían treinta mensajes. Nada más difícil que elegir
cuál borrar para recibir el nuevo.
Hubo
regalos, felicitaciones de cumpleaños y reconocimiento mutuo por las metas
alcanzadas en nuestras vidas. Entonces no sabíamos a dónde nos dirigíamos, y
poco importaba. Disfrutábamos del trayecto, de la paz casi espiritual de
nuestra compañía. Éramos sólo ella y yo, y eso era suficiente.
El amor debe
parecerse bastante a aquel silencio que se hizo cuando le dije que me gustaba.
Dos años para confesarle mi enamoramiento, qué le vamos a hacer, era muy tarde.
No había nada más que decir, el ángel del que habla Silvio Rodríguez nos había
robado la voz. Al final un abrazo, de despedida quizás, o de resignación. No
hubo testigos de esta escena.
Tomamos
distancia y el tiempo se encargó de lo demás.
II
Quién sabe cuándo la
tecnología se convirtió en la única forma de estar con mis amigos y de saber de
ellos. Tampoco sé cuándo el amor se convirtió en ese juego de deducciones de
Facebook en el que, a través de los “me gusta”, uno puede saber quién está enamorado
de quién, o quién acaba de terminar una relación sentimental –lo que se intuye
por la cantidad de videos de José José que publican en el muro, o por la
ausencia de los “me gusta” en las fotos de perfil de la persona amada.
No
obstante, ahora podemos prescindir de las conjeturas, pues las muestras de afecto
dejaron de ser discretas para convertirse casi en spam. Las nuevas generaciones exhiben sin pudor cuánto aman a sus
parejas, e incluso hacen públicas sus hazañas, como advirtiendo, no tan
sutilmente: “es mi mujer”, o “así de enamorado lo traigo”.
He visto
la foto del novio pintándole las uñas a la novia. He leído, hasta el hartazgo,
las palabras de amor de los que cumplen un mes juntos, o un año más. El nuevo
arreglo de flores pierde sentido si no se presume en Instagram. Los mensajes
que se envían por Whatsapp superan los treinta en un solo día, y lo que es
peor, ¡con la luna menguando! Me hacen parte de su intimidad cuando presumen
sus ridículos apodos cariñosos, o al compartir el video de su propuesta de
matrimonio.
En un vano
esfuerzo por perpetuar su amor, éste se vuelve intranscendente. Al hacerlo público
ya no les pertenece. Aunque los dos estén todo el día amándose en las redes
sociales, nunca estarán realmente “conectados”. Bien lo dijo el poeta
chiapaneco: las mejores palabras del amor
están entre dos gentes que no se dicen nada.
El amor
debiera parecerse a aquel silencio que se hizo cuando le dije que me gustaba. O
a aquella luna redonda y amarilla que vieron Adán y Eva por primera vez,
mientras la noche sonaba en su máxima pureza; a aquella luna que no fue
fotografiada.
@kenia1988
(Texto publicado en el suplemento Autonomía, de La Jornada Aguascalientes, en su edición número 100. Aquí el enlace: http://goo.gl/hsM4fW)
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sábado, 12 de octubre de 2013
Empatía
Ese hombre que llora
al lado de mi sombra
se parece a mí.
Pensé que estaba muerto
pero ahora que lo encuentro
lo debo sufrir.
jueves, 25 de octubre de 2012
Ver lunas
Me gusta ver lunas
en las tardes hasta tarde
sin que te des cuenta.
Menguan
en mis manos
al no tocarlas;
nunca
están desnudas,
nunca
al alcance,
sin embargo
algunas noches
nacen para mí
y me entregan
sin tu permiso
toda su luz.
en las tardes hasta tarde
sin que te des cuenta.
Menguan
en mis manos
al no tocarlas;
nunca
están desnudas,
nunca
al alcance,
sin embargo
algunas noches
nacen para mí
y me entregan
sin tu permiso
toda su luz.
viernes, 30 de diciembre de 2011
La belleza
Esa flor
es tan hermosa
que dan ganas
de arrancarla
y comérsela.
La belleza
nunca fue para mirarla.
miércoles, 22 de junio de 2011
El muro
Es este muro
el que me prohíbe pasaral otro lado.
Yo quisiera franquearlo
llegar a ti
pero ha echado raíces.
Es este muro
que construí cuando te amaba
el que me prohíbe estar.
jueves, 30 de abril de 2009
Días de Abril
18/Abr/2009
Tengo miedo de soñar que te vas cuando estoy dormido.
24/Abr/2009
Todas las tardes se han hecho transparentes, el cielo no existe, la luna es apenas un rumor. Abril no tiene horas ni piernas: está tirado, convirtiéndose en la sombra de lo que hubiera sido si alguien lo mirara. Abril está herido de silencios, como yo, y ha pensado en lo estúpido que es esperarte en su cama. Necesita olvidarte para amanecer, pero no quiere, se resiste porque escucha tus pasos en las noches; tus pasos, los que prometen no llegar nunca.
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